NUESTRA CRÍTICA DE CALIDAD: RESPUESTA A UN TEXTO DE ALFONSO GUMUCIO

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Al final, lo que Gumucio exige al cine boliviano, son los ‘estándares de calidad’ de filmes industriales. Parece que el cine que defiende, es más bien el de la mediocridad, el que no incomoda, el que no quema las retinas del espectador: un cine de domingo”.

El pasado 3 de marzo, Alfonso Gumucio escribía en Página Siete una crítica  a la película del potosino Erick Cortez,  El Duende. Independientemente  de la calidad del filme en cuestión, es interesante proponer una lectura de este texto, con el afán de comprender lo que entiende Gumucio sobre el cine boliviano y explicar una cierta tendencia de la crítica en nuestro país.

Gumucio, en sucintas líneas, trata de hacer una especie de canon  de algunos cineastas jóvenes que serían una excepción hacia el pésimo momento del cine boliviano actual (afirmación tremendamente discutible). Sin olvidarse de mencionar por contraposición y con aires de nostalgia, a los cineastas clásicos de nuestra filmografía, ascendencia, que a juzgar por el texto, se iniciaría con Sanjinés y terminaría con Juan Carlos Valdivia.

Entre los jóvenes excepcionales, los que se “toman en serio el séptimo arte”, menciona los nombres de Patiño, Arancibia, Araya, Ritcher y Ovando. ¿Qué tienen en común estos cineastas? A excepción de Ovando, todos se adscriben a un modo de producción más o menos industrial, en donde los riesgos discursivos y formales no aparecen. Son cineastas que saben hacer bien su trabajo, pero que sin duda no incomodan, no proponen nada revelador o revolucionario. Es un cine que bien podría representar al país en un coctel de alguna embajada europea, por ejemplo.

Ahí hay que pensar en las omisiones de Gumucio en su lista de serios cineastas jóvenes ¿Dónde están realizadores como Kiro Russo, Diego Mondaca o Ernesto Flores (Cómo matar a tu presidente) u Omar Alarcón (Mar negro) y un largo número de etc.…? Estos cineastas, a excepción de Russo, no han estrenado sus películas en una alfombra roja en el Multicine y apenas tienen cabida en la Cinemateca.  Son cineastas que exploran otros modos de producción, distribución y exhibición que lo que dicta la visión clásica e institucional del cine. Asimismo, son realizadores  para los cuales el tema técnico es secundario y más bien se interesan por proponer una cierta experimentación con la imagen y/o tener un discurso cinematográfico relevante.

En resumidas cuentas, el cine de calidad de Gumucio, el “no mediocre”, es el técnicamente correcto, tibio en su discurso y que responde a una visión anacrónica de lo que se entiende por cine (ligada a la idea de ver una película de ficción en una sala oscura). De ahí que la molestia hacia producciones como El Duende tiene que ver simplemente con un deficiente manejo técnico y no tanto con una idea de cine.

Esto es vital, puesto que Gumucio reclama la necesidad de un pensar el cine boliviano (o más bien habla de una falta de dicho pensamiento). Sin embargo, en sus gustos, se evidencia una visión del cine, en donde éste no se constituye como ejercicio de pensamiento, sino de mero entretenimiento. Al final,  lo que Gumucio exige al cine boliviano son los “estándares de calidad” de filmes industriales. Parece que el cine que defiende es más bien el de la mediocridad, el que no incomoda, el que no quema las retinas del espectador: un cine de domingo.

Pero estas preferencias, que pueden llegar a ser válidas, esconden algo detrás. La crítica abre con una misteriosa (puesto que no viene al caso) diatriba sobre la “pretensión” de ciertos cineastas de tratar de “matar al padre” (refiriéndose seguramente a la ascendencia descrita arriba). Este comentario cierra con la idea de que hay personas que “ningunean” el legado de cineastas clásicos bolivianos, terminando con un ataque frontal e injustificado a la carrera de Cine de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). La pregunta es saber ¿cuál es la relación que tienen estos temas?

La respuesta tiene que ver con la concepción del cine boliviano, el cine de calidad que defiende Gumucio. En realidad, es la encarnación de cierto conservadurismo. Las películas de los jóvenes que le gustan, son las que más o menos repiten esquemas narrativos muy antiguos. Por eso las omisiones son interesantes, puesto que, en realidad, a Gumucio no le interesa el cine joven. Habría que recordarle al historiador del cine boliviano que las películas esenciales de nuestra filmografía son filmes de  juventud y de ruptura con cierta tradición: Sanjinés hizo Yawar Mallku (1969) y Ukamau (1966) alrededor de los 30 años de edad.

A Gumucio le escandaliza que un cineasta, con razón o sin razón, no considere  en sus referencias fílmicas el cine clásico boliviano (a pesar de que Russo abiertamente reconoce la influencia de Sanjinés o que Mondaca haya trabajado estrechamente con el maestro). Parece molestarle que en un futuro cercano vaya a graduarse una gran cantidad de cineastas, con perspectivas propias y seguramente con exploraciones formales ligadas a su generación, las que no necesariamente son deudoras de algo así como nuestra tradición fílmica nacional (¡si tal cosa existe!).

 Esto se hace evidente en una contradicción performática de Gumucio: es ferviente defensor de la Escuela Andina de Cine (en donde el autor del texto, con una anécdota injustificada de por medio, se anuncia como docente) pero considera que es un error que haya una carrera de cine en la UMSA (con sus más de 200 estudiantes). Todo esto, a pesar que ambas entidades educativas tienen un pénsum muy similar, al igual que el plantel docente. ¿A Gumucio le molesta en el fondo que se ofrezca una educación gratuita en cine? ¿O que sea masiva? En todo caso, en la defensa del clasicismo cinematográfico que propone Gumucio en el texto, parece haber un hálito elitista.

Académicamente, no parece haber la diferencia cualitativa que Gumucio, entre líneas, busca establecer entre una escuela y otra. De hecho, es más probable que sea en la UMSA en la que se genere una nueva forma de pensar el cine más que en otro lado, puesto que la universidad pública ofrece no solamente su larga experiencia en la producción de pensamiento, sino también las condiciones materiales (o mejores condiciones que una escuela) para la investigación, en este caso, en cine. Claro, esto implica una reformulación de una idea del cine, que Gumucio sin duda no comparte.  

Sebastian Morales Escoffier es crítico de cine y coordinador de la carrera de Cine de la UMSA.

Fecha de Publicación: 09 mar 2019
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