#SociologíaUMSAescribe - Instituto de Investigaciones Sociológicas “Mauricio Lefebvre”

#SociologíaUMSAescribe

En este espacio se difunden trabajos de los estudiantes de Sociología de la UMSA que tienen un componente de investigación, con el propósito de alentar el desarrollo de habilidades de escritura en la idea de que esta práctica está íntimamente relacionada con el pensamiento crítico y creativo.

AUTORES

GESTIONES

LOS PASOS PEQUEÑOS DE LA RESISTENCIA[1]

Adriana Alejandra Salazar Larico[2]

A más de mil kilómetros de la ciudad de La Paz, la marcha indígena salió con rumbo a la sede de gobierno de la localidad de Porvenir, Pando. Cuando llegaron a la sede de gobierno, llevaban 28 días de recorrido. Sus cuerpos descubrían el cansancio acumulado tras semanas de caminata desde el norte amazónico del país hasta el frío de la altura paceña. Durante ese trayecto, durmieron en escuelas y a la intemperie según el medio de comunicación Deutsche Welle (5 de mayo de 2026). Sus sandalias desgastadas delataban que venían de un lugar caluroso y húmedo, muy distinto al del altiplano. Aun así, sus rostros cargaban la energía y la convicción de quienes tienen un futuro por defender.

Semanas antes, el 8 de abril de 2026, comunidades indígenas originario campesinas de Pando y Beni habían decidido marchar en rechazo a una nueva norma agraria, promulgada dos días después como Ley 1720; esta norma permitía convertir la pequeña propiedad titulada en mediana propiedad. Las comunidades temían que ese cambio abriera el camino para perder sus tierras frente a la banca y los grandes propietarios. La preocupación también fue mía, pues pensaba en cómo se vulnera de forma deliberada la protección que la Constitución Política del Estado de 2009 reconoció a la pequeña propiedad como patrimonio familiar inembargable, indivisible e intransferible y a las tierras comunitarias o colectivas (Ley 1720 de 2006, art. 394, parágrs. II y III). Pero, sobre todo, pensaba en lo que significa la tierra para quienes viven de ella: el lugar donde crecen sus familias, donde se guarda la memoria, donde se crea el sustento y donde se imagina el futuro. Desde ese sentimiento de defensa de la Madre Tierra y de los derechos territoriales, decidí sumarme a las acciones de apoyo a la marcha. Desde el primer momento asumí una posición crítica frente a esta norma; sin embargo, nunca imaginé que el aprendizaje más grande de aquella experiencia no vendría de los discursos, las consignas o las negociaciones políticas, sino de las niñas y niños que acompañaban a sus familias. Durante esos días comprendí que las tensiones sociopolíticas impactan profundamente en la vida de las infancias y que, aunque solemos considerarlos sujetos pasivos dentro de los procesos políticos, ellas y ellos también observan, interpretan, interpelan y son capaces de construir criterios propios sobre la realidad que viven.

Era el 2 de mayo. Se anunció que el primer grupo de personas de la marcha estaría llegando a Urujara[3].Junto a compañeras organizadas de distintos colectivos y miembros de Inti Watana[4] decidimos trasladarnos hasta ese lugar para entregar alimentos, ropa abrigada e insumos básicos a los marchistas, pues el frío de la cumbre era una yapa[5] de desafío para quienes llevaban semanas caminando. Al llegar, observamos una columna de personas avanzando por la carretera. Muchos marchistas cargaban mochilas pesadas y el paso lento pero constante reflejaba el cansancio acumulado de un recorrido largo y sumamente desafiante. Entre ellos y ellas, casi camuflados entre sus acompañantes, llegaban también decenas de niñas y niños que caminaban junto a sus familias. Algunos eran llevados en brazos, otros avanzaban tomados de la mano de sus padres y varios intentaban seguir el ritmo de la marcha. Según la Revista Nómadas (“La marcha”, 2 de mayo de 2026), aquella columna incluía a alrededor de treinta niños, quienes habían atravesado el brusco cambio entre el calor húmedo de la Amazonía al frío de los Andes. La altura y las bajas temperaturas provocaron descompensaciones entre los marchistas, que además enfrentaban la noche sin suficientes carpas, ni mantas. En medio de esas condiciones, las niñas y los niños avanzaron de la mano de sus madres, padres y hermanas/os rumbo al centro paceño.

Aquella imagen me impactó profundamente. Hasta ese momento había pensado en una marcha principalmente desde sus implicaciones políticas y de defensa territorial-ambiental, pero al ver a niñas y niños comprendí que también existía una dimensión humana que rara vez aparece en los medios hegemónicos de comunicación. No se trataba únicamente de adultos haciendo discursos o reivindicaciones; también consistía en infancias que atravesaban las consecuencias de una movilización social que había transformado por completo su vida cotidiana. Durante los días siguientes, continuamos acompañando a los marchistas, quienes fueron alojados temporalmente en instalaciones del Coliseo Cerrado de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), ubicado al frente del campus universitario. Fue entonces cuando observamos que la presencia de niñas, niños y adolescentes era mucho mayor a lo que habíamos imaginado. Eran alrededor de cincuenta niñas, niños y adolescentes de dos a dieciséis años que soportaron un mes de caminata.

Esta realidad nos llevó a replantear nuestra forma de apoyo: junto a compañeras de Inti Watana y a estudiantes de la carrera de Ciencias de la Educación, decidimos crear espacios dirigidos específicamente para las niñas y niños. Mientras muchos voluntarios se concentraban en acompañar las movilizaciones y las reuniones políticas, nosotras quisimos ofrecer un espacio donde los más pequeños pudieran descansar, jugar y despejarse del complejo momento que estaban viviendo. Organizamos diversos talleres y la mayoría de las niñas y niños lo recibieron con entusiasmo. Durante semanas, su cotidianidad había estado marcada por largas caminatas, reuniones, concentraciones, gasificaciones y las preocupaciones de sus padres, situaciones que comprendían mucho mejor de lo que muchos adultos creerían. En la primera jornada, participaron alrededor de treinta niñas y niños, pues varios no pudieron asistir porque se encontraban enfermos y necesitaban descansar. Cuando llegaron al aula 302 de la carrera de Sociología de la UMSA, donde se realizaron las actividades, los pasillos se llenaron de risas, gritos y carreras. Por unas horas, el espacio universitario se convirtió en un espacio de juego. Sin embargo, detrás de aquella alegría existían huellas visibles del recorrido. Muchos llevaban sandalias desgastadas, los piecitos descubiertos y agrietados por el frío paceño, utilizaban venditas para cubrir heridas provocadas por las largas caminatas. Sus manos y rostros también reflejaban el impacto de un clima muy distinto del de sus comunidades. Sus prendas estaban pensadas para regiones más cálidas, no para una ciudad caracterizada por el viento, la sequedad y un sol que quema más de lo que abriga. A pesar de ello, seguían riendo, jugando y participando de la actividad.

Trabajé principalmente con adolescentes entre los diez y los quince años. Pensé que sería yo quien les enseñaría algo durante los talleres, pero ocurrió exactamente lo contrario. Fueron ellas y ellos quienes me dieron una lección invaluable sobre resiliencia y resistencia. Dejaron sus hogares, recorrieron cientos de kilómetros y aguantaron condiciones difíciles sin perder la capacidad de reír, hacer amigos y encontrar motivos para maravillarse con el mundo que los rodeaba.

Durante los talleres, recogimos testimonios de las experiencias que las niñas y niños habían vivido a lo largo de la marcha mediante actividades de música, teatro, manualidades y dibujo. Fue en este espacio donde conocí a Johan, un niño de diez años que parecía fascinado por la gran montaña que observaba al fondo de la ciudad. Cuando le expliqué que aquella montaña se llama Illimani, respondió con entusiasmo: “Nunca había visto algo así, estoy feliz de haber venido” (Johan, 10 años, comunicación personal, mayo de 2026). Aquella afirmación me sorprendió porque, a pesar del cansancio y las dificultades del recorrido, él seguía encontrando motivos para maravillarse con la nueva ciudad que estaba conociendo.

Decidimos, junto con el grupo que me tocó, realizar una obra de teatro; las niñas y niños demostraron una comprensión sorprendentemente clara de la realidad que estaban viviendo. María relató que el día en que su comunidad decidió iniciar la marcha se realizó una asamblea en la plaza principal de su comunidad, donde las personas debatieron colectivamente sobre la situación. Según nos contó, después de tomar la decisión, fueron bendecidos por el sacerdote de la parroquia y comenzaron a preparar sus pertenencias para emprender el viaje hacia La Paz. Al recordar ese momento, explicó que “decidieron todos juntos que había que eliminar esa ley y después que vendrían a La Paz, así era que haga el presidente” (María, 11 años, comunicación personal, mayo de 2026). Sus palabras me llamaron profundamente la atención porque, con la naturalidad propia de una niña, había descrito uno de los principales cuestionamientos que sostenían las comunidades movilizadas: la ausencia de la consulta libre previa e informada en la elaboración de una norma que les afectaba directamente a sus territorios y formas de organización. Aquella conversación me permitió comprender que las infancias no solo acompañaban físicamente la marcha, sino que también entendían las razones que habían llevado a sus padres y madres a movilizarse.

Con esa reflexión concluimos la primera escena teatral. Poco después intervino Daniel, quien decidió compartir una experiencia muy diferente. Nos contó cómo había sido separarse de sus compañeros de curso y cuánto extrañaba su colegio. Cuando le preguntamos si lo que más extrañaba eran las clases, respondió entre risas: “no, a mis amigos… hasta a la profe le extraño. Me han dicho que cómo me iba a ir tanto tiempo, pero les dije que tenía que acompañar a mi madre, que está embarazada de mi hermanito. Ahora tengo más amigos que hice en la marcha, aunque algunos mucho han vomitado” (Daniel, 14 años, comunicación personal, mayo de 2026).

Su respuesta provocó risas entre todos, pero también reveló algo importante. Para Daniel, la marcha no era únicamente una movilización política por el conflicto con sus territorios, era también una experiencia que había alterado su vida cotidiana. Había dejado atrás a sus amigos, a su profesora y a su escuela para acompañar a su familia en una decisión colectiva que consideraba importante. Sin embargo, incluso en medio del cansancio y las dificultades del recorrido, seguía encontrando formas de crear nuevos vínculos y de adaptarse.

Aquella conversación me permitió comprender que las infancias viven los procesos sociales desde múltiples dimensiones. Las niñas y niños entienden las razones que movilizan a sus comunidades, pero también experimentan las consecuencias de esas decisiones. Mientras los adultos hablaban de derechos territoriales, ellos pensaban en sus amistades, en sus maestros y en las personas que habían dejado temporalmente atrás. Precisamente por eso, sus voces permiten comprender aspectos de la movilización que muchas veces pasan desapercibidos para nosotros los adultos. Así construimos la segunda escena de la obra. En ese momento, intervino nuevamente Johan, quien propuso que el cierre debía representar la llegada de la marcha a la ciudad de La Paz. Con entusiasmo, explicó que así era como ellos habían entrado a la ciudad y comenzó a repetir algunas de las consignas que recordaba del recorrido: “¡Abajo la Ley 1720! ¡El pueblo, unido, jamás será vencido! Así hemos gritado mientras estábamos corriendo” (Johan, 10 años, comunicación personal, mayo de 2026).

Su propuesta fue aceptada de inmediato por el resto de las niñas y niños y así llegó la tercera escena y el cierre de nuestra obra. En cuestión de minutos todos estaban practicando. Lo que para nosotros había comenzado como una actividad recreativa se había convertido en una representación de las experiencias que ellos mismos habían vivido durante la movilización.

Cuando terminamos la obra, la presentamos a sus madres, padres y demás marchistas. Muchos observaron con sorpresa cómo las niñas y niños habían logrado reconstruir momentos, emociones y reflexiones surgidas a lo largo del recorrido. Aquella presentación confirmó algo que había venido descubriendo durante todos esos días: las infancias no solo habían acompañado la marcha, sino que también habían comprendido y resignificado la experiencia desde su propia mirada, allí estaba también la resistencia; en esos pequeños pasos que, sin hacer tanto ruido, habían sostenido el camino.

 

Referencias

Bolivia. (2009). Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia. Gaceta Oficial del Estado Plurinacional de Bolivia.

Deutsche Welle. (5 de mayo de 2026). Indígenas de Bolivia llegan a La Paz tras marchar un mes. Deutsche Welle. https://www.dw.com/es/ind%C3%ADgenas-de-bolivia-llegan-a-la-paz-tras-marchar-un-mes/a-77045683

La marcha indígena llega a las puertas de La Paz para exigir la anulación de la Ley 1720 y frenar el latifundio. (2 de mayo de 2026). Revista Nómadas. https://revistanomadas.com/la-marcha-indigena-llega-a-las-puertas-de-la-paz-para-exigir-la-anulacion-de-la-ley-1720-y-frenar-el-latifundio/

Ley de Conversión de pequeña propiedad a mediana propiedad, N° 1720 (10 de abril de 2026).

 

 

Publicado el 16 de octubre de 2026

 

 


[1] Ensayo para la materia Lenguaje y Redacción Básica, Universidad Mayor de San Andrés, gestión 2026-1.

[2] Estudiante de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia. E-mail: adriana99aleslz@gmail.com

[3] Localidad ubicada en La Cumbre paceña, que constituye una de las entradas a la sede de Gobierno desde el norte del país.

[4] El Centro Alternativo de Desarrollo Integral INTI WATANA es una organización con 29 años de trayectoria en educación popular y alternativa.

[5] Palabra en el idioma aymara que significa ‘aumento’.